Niño envuelto en el Malecón

Normalmente utilizamos sólo la memoria cuando pensamos en comida, cualidad que determina nuestros gustos y preferencias. Algunos creen que la necesidad de comer es una información que se ha quedado grabada en los genes desde unos tiempos en los que la tierra necesitaba densidad, tampoco es difícil de entender cuando la humanidad ha ido interponiendo tendencias hasta llegar a la máxima expresión del "malismo", como podría expresarlo el maestro al referirse al minimalismo, esa corriente que desciende desde las grandes cristaleras de los rascacielos, deja un rasguño enmarcado en una exquisita pared y se desvanece en la boca de algunos bolsillos que antes se atrincheraban contra un chuletón.  Yo creo que el día en el que comer no sea una necesidad, estaría bien que la humanidad guardara copias en algún servidor protegido para no perder el arte de comer en uno de estos arrebatos de modernismo. 

La memoria hace que disfrutemos de momentos familiares mágicos relacionados con la infancia o con algún que otro recuerdo.  Pero cuando aprendemos a combinarla con la conciencia desaparecen todas las barreras posibles. Productos que una vez rechazamos por desconocimiento, ahora serían capaces de reproducirnos una cálida puesta de sol con sólo olerlo. Utilizando sólo la memoria podríamos sufri la amargura de una decepción cuando en ese mismo caldo puede navegar el inlavable recuerdo de un revolcón en la playa.
 Es el caso de este plato cuyo ingrediente más familiar podría ser el puñadito de arroz, sazonado con soja, pimienta y cilantro, y un trozo de pescado fresco. La okra, que se introduce al final para que no pierda su crujiente agradable, aporta una textura ligeramente gelatinosa y brillante. Se envuelve en alga "lechuga de mar" y se cocina, especie de cocción a vapor, por poquito tiempo en caldo ligero de pescado y algunas verduritas para alegrar la vista. Si se lleva tapado a la mesa, mejor tráigase un chubasquero porque un huracán de sensaciones se precipitarán hacia su cara y un plato que podría ser perfectamente asiático, le invitará a bailarse una Presidente mientras la bachata se pone ceniza.  

Cuando sirvo uno de estos "niño envuelto" (especie de dolma griego o tamal marino, como le llamamos en el Colmado) le digo al comensal que esta es una receta para comer con la consciencia, de típico sólo  contiene  mi intensión y la descripción  del paisaje. Sus ingredientes no son demasiado representativos del Caribe a excepción del molondrón (okra), sin embargo todo el que lo prueba consiente en experimentar una muy agradable sensación de estar sentado en el Malecón y sentir el olor de las gotas de agua yodada que se estrellan contra las piedras.
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